Hay una verdad incómoda que se revela en los momentos de tensión: cuando la emoción toma el timón, suele naufragar el liderazgo. En contextos corporativos, especialmente bajo presión —ya sea en una conversación difícil con un subalterno, o en una junta directiva o comité ejecutivo entre pares— las emociones mal gestionadas pueden hacernos perder influencia, respeto e incluso claridad.
De allí el viejo dicho que me recordaron hace poco a propósito de una reacción inadecuada de mi parte: “el que se enoja, pierde”. No porque sentir enojo sea un error, sino porque actuar desde allí casi siempre nos lleva a perder el control de la narrativa, de la relación y del resultado.
Cultivar la inteligencia emocional no es una idea romántica. Es una habilidad estratégica. Y aunque confieso que no domino todas las técnicas y que de vez en cuando "se me sale el cobre", algunas me han resultado útiles en momentos críticos.
Aquí las comparto:
1. Respirar antes de responder. Suena básico, pero es lo que impide que reacciones como un resorte. Tres respiraciones conscientes desaceleran el impulso reactivo y te devuelven la capacidad de elegir tu respuesta.
2. Meditación y mindfulness. No necesitas ser un monje. Bastan cinco minutos diarios para entrenar la mente a observar sin juzgar. Eso crea un espacio entre el estímulo y la respuesta. En ese espacio, vive la libertad.
3. Asertividad radical. No es callar ni explotar. Es decir lo que piensas, de frente y con respeto. A veces no respetarás la opinión o la forma de actuar del otro —y está bien—, pero siempre puedes elegir respetar a la persona. Esa coherencia se siente. Se nota. Y marca la diferencia.
4. Identificar el verdadero objetivo. En una conversación tensa, ¿quieres tener la razón o lograr un resultado? Las mejores decisiones nacen cuando el ego se hace a un lado y se prioriza el propósito común.
5. Post-mortem emocional. Después de un episodio estresante, pregúntate: ¿qué sentí?, ¿qué me gatilló?, ¿qué haré diferente la próxima vez? No para autoflagelarte, sino para crecer con conciencia.
La inteligencia emocional no es pasividad ni diplomacia vacía. Es tener el coraje de enfrentar lo incómodo, con autogobierno y respeto mutuo. Y sobre todo, es recordar que uno no lidera desde la emoción que grita más fuerte, sino desde la que escucha mejor.
